Olimpiada de Geografía

Lo cierto es que ninguno sabía muy bien qué esperar. Iba a ser para nosotros, los cuatro participantes del colegio, la primera vez que visitábamos  la UC3M. Los nervios comenzaban a aflorar desde la espera en el andén de la C4:  uno no se había acordado de coger el DNI, otra que intentaba memorizar las innumerables siglas que debíamos aprendernos, y Anselmo dejando caer que  lo importante era participar (cosa que nos encargamos de rebatirle, por supuesto).

Una vez allí nos impresionó la magnitud de la universidad: incontables calles, plazas y edificios; todos dedicados al saber y la enseñanza. La espera hasta acceder al Aula Magna fue francamente breve; unas tazas de café y estábamos dentro. Una vez allí se nos explicó el plan del día, además de hacer creer a los profesores que estaban invitados a un café (sí, otro más, y no, no era verdad). Rápidamente se nos conduciría a la clase donde haríamos el examen. Tras ello, para que tuviesen tiempo para corregir, se organizó un concurso paralelo de fotografía. Ya en la clase donde íbamos a hacer el examen, lo más llamativo fue la extraña disposición de las mesas: claramente diseñada con el objetivo de que el alumnado lo tuviese fácil para “inspirarse” en exámenes de otros compañeros, de lo que no sacamos provecho, obviamente. Más allá de eso, lo cierto es que fue una prueba tipo test muy sencilla, además de que no cayó ninguna de las siglas por las que tan preocupados estábamos. Y … menos mal.

Seré breve con lo siguiente: un sandwich (o dos si tenías suerte y picardía), un plátano y una botella de agua. Con esas provisiones facilitadas por la Universidad nos dispusimos a buscar el mejor plano posible de la misma. Y ahora sí, tras una larguísima espera, aunque soportable gracias a las bautizadas en este instante como, “victorias en relaciones sociales” de Anselmo, nos llevaron de vuelta al Aula Magna. Ahí anunciaron a los ganadores tanto del concurso de fotografía (en el que, por cierto, la foto ganadora era sospechosamente similar a la de mi compañero Jesús), como los de la Olimpiada. Ya se lo habíamos dicho a Anselmo, algo íbamos a ganar: Lidia y Silvia quedaron entre los diez mejores participantes, en puestos para nada desdeñables. Anselmo más tarde nos confesaría que no tenía demasiada esperanza en que algo así fuera a suceder, ¡esperemos que para el año que viene ya vayan con las expectativas altas!

Marco del Val Fernández 2º A

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