Encontrando a Dios en Casiopea

«Solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio.»
Federico García Lorca

Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha alzado la vista hacia el firmamento nocturno en busca de respuestas al origen de la vida y al propósito de su existencia. Allí, entre las estrellas, ha hallado –o más bien creado– la más bella de las soluciones a la más compleja de las ecuaciones: Dios. La idea de Dios ha estado presente en nosotros desde siempre, manifestándose en los primitivos monolitos de los hombres de la Prehistoria, en los textos de San Agustín, en los frescos de la Capilla Sixtina, en un poema de Machado, y un largo etcétera. Incluso en la actualidad resulta ser un tema con un gran impacto no solo a nivel sociocultural, sino también en el ámbito más íntimo de cada persona. Así, examinando toda la historia de la humanidad que llevamos replegada en nosotros mismos, observando el pasado y el presente, resulta natural que nos planteemos la siguiente pregunta acerca del futuro: en una utopía en la que el ser humano ha hecho sus sueños realidad, ¿seguiríamos buscando la figura de Dios en el cielo?

Para empezar, resulta necesario aclarar que se tratará el concepto de Dios desde una perspectiva filosófica, analizando su función para el ser humano y su naturaleza; en otras palabras, su más prístina esencia. Es irrelevante tratar de afirmar o negar la existencia de un ente divino en particular fuera de nuestro entendimiento y alcance -éste es otro debate que han mantenido durante años filósofos y científicos sin ningún consenso aparente- por lo que se obviarán las explicaciones proporcionadas por los distintos textos sagrados y religiones. Después de todo, como confiesa el personaje de Don Manuel en una de las obras más famosas de Unamuno: “—¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho”.

Irónicamente, es aquí donde los detractores de la tesis a favor de la existencia de Dios en una utopía encuentran uno de sus más fuertes argumentos: consideran la religión un instrumento de opresión sistemática, una herramienta de control masivo de la población que tan solo da falsas esperanzas. “El opio del pueblo”, como diría Marx. En una utopía – argumentan-, en una sociedad donde las personas están libres de cualquier cadena impuesta, no tendría cabida una idea tan horrible y alienante.

Resulta innegable que la mayoría de las religiones hayan sido –y desafortunadamente aún sigan siendo– utilizadas para mantener los intereses de una pequeña oligarquía no representativa de los habitantes; el método perfecto para suprimir cualquier atisbo de revolución que pueda desencadenar en la caída del sistema político establecido, impidiendo consecuentemente la victoria de la utopía.

Sin embargo, estas personas se olvidan de uno de los factores fundamentales de la religión: no solo sirve de apoyo a nivel colectivo sino también a nivel individual. Es la base ética de una considerable porción de la población, quienes sin duda se mostrarían reticentes a renunciar a sus valores en el futuro. Además, según el individuo, puede ser una fuente de felicidad y hasta de liberación personal. ¿Es en esencia un consuelo? Sí, ¿pero acaso es eso algo malo si el sentimiento del creyente es honesto? ¿No es eso al fin y al cabo lo que se persigue para alcanzar la utopía? Parafraseando de nuevo al personaje de Don Manuel: “—Sí, ya sé qué uno de esos caudillos de la que llaman revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. (…) Sí, démosle opio, y que duerma, y que sueñe”.

Por supuesto, no pocos alegarán que el pensamiento religioso está desfasado en nuestros tiempos y que paulatinamente será reemplazado por la ciencia, el gran motor de la civilización del siglo XXI que nos permite desentrañar enigmas antes irresolubles. Así lo explicaba el loco en la obra de Nietzsche La gaya ciencia, gritando a pleno pulmón: “—¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos”. Esta afirmación implica que Dios es un constructo humano y como tal, susceptible de ser olvidada por la historia.

Llegamos así a quizás el mayor argumento en oposición a la tesis. Partiendo de un caso hipotético, en un mundo perfecto donde no hay guerras, epidemias ni hambrunas; donde los humanos son plenamente felices y no sufren crisis existenciales. Incluso un futuro donde alcanzáramos la tan ansiada inmortalidad. Un lugar en el que la ciencia ha dado respuesta a las mayores incógnitas del universo y donde la religión ha perdido su razón de existir, pues el consuelo que propicia la idea de Dios no resulta ya necesario.

Así lo enunciaba Mustafá, antagonista de Un mundo feliz: “—Bien, el caso es que actualmente podemos conservar y conservamos la juventud y prosperidad hasta el final. ¿Qué se sigue de ello? Evidentemente, que podemos no depender de Dios. […] Nosotros no sufrimos pérdida alguna que debamos compensar; por tanto, el sentimiento religioso resulta superfluo”.

En esta concepción de utopía clásica, ¿no nos desharíamos también de la noción de Dios?

Es aquí donde radica la respuesta principal a nuestro dilema. Las consecuencias de que Dios se manifestara por su ausencia, como si no existiera en absoluto, serían terribles, pues esto implicaría no solo que el ser humano habría dejado de mirar al cielo con el fin de encontrar respuestas, sino que habría dejado de buscarlas por completo. Al fin y al cabo, desde que nacemos estamos ligados a Dios. “—Hasta un ateo necesita a Dios para negarlo, decía Unamuno, y es que las personas somos seres racionales por naturaleza, ansiamos siempre saber más; es inevitable así que, al reflexionar sobre nuestra propia existencia, pensemos también en la de Dios, tanto para aceptarla como para rechazarla. Dios es un componente intrínseco de nuestra realidad y de nosotros mismos; su inexistencia sería síntoma de la pérdida de nuestra condición de seres lógicos –la cual nos diferencia en gran medida del resto de animales– y viceversa. Dios nace de nuestra curiosidad innata, es el Misterio que envuelve nuestra existencia y al que tanto admiramos. Citando a Einstein: “Es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos”; el motivo por el que seguimos en pie.

Por ende, un mundo sin Dios sería un mundo en el cual todos creerían estar libres de cualquier yugo, mas vivirían como esclavos dentro de una caverna de Platón sin escapatoria, dentro de un frasco desde el momento de su concepción. Sería un mundo en el que jamás se pronunciarían honestamente las palabras “amor” o “pasión”, en el que El Banquete de Platón, las fugas de Bach y el Guernica de Picasso quedarían olvidados en un pasado al que no se querría retornar. Un escenario en el que los actores visten nuestras caras y actúan como nosotros, pero que, al quitarse las caretas, desvelan cuán vacíos están por dentro. Pues, sin el Misterio, vivirían en el mundo muertos.

Un futuro sin Dios sería un futuro en el que habríamos sacrificado nuestra humanidad a cambio de una falsa y vana felicidad. Quizás no podamos llegar a concebir el mundo que nos aguarda más allá de los planetas y galaxias conocidos, mas sin duda, juzgando a través de nuestros ojos del presente, no imaginamos que nuestra utopía soñada luzca de este modo. Así lo expresa John –nuestro héroe de Un mundo feliz– en su arrebato final contra Mustafá: “—Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, peligro real, libertad, bondad, pecado”.

Y es que, en este mar de incertidumbre que supone el futuro, podemos estar seguros de una cosa: continuaremos dibujando la figura de Dios en el cielo siempre y cuando sigamos siendo humanos. Lo cual es, al final, el único objetivo claro que poseemos como sociedad y el destino al que nos ha llevado la evolución como especie.

Belén Penín Cuevas

 

BIBLIOGRAFÍA:

DE UNAMUNO, MIGUEL, San Manuel Bueno, mártir, España, 1931, Espasa Calpe

HUXLEY, ALDOUS, Un mundo feliz, Reino Unido, 1932

MARX, KARL, Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Francia, 1844

NIETZSCHE, FRIEDRICH, La gaya ciencia, 1882

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