Crítica de “El Lazarillo de Tormes”

Centro cultural Antonio Machado
Compañía: Mangurrinos
Autor: Anónimo

Se desconocen los demás datos técnicos sobre la producción y dirección de la obra debido a la falta de información proporcionada al alumno y a la indisponibilidad de ésta en Internet.

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades es una novela española de autor anónimo cuyas ediciones más conocidas datan de 1554. Escrita en primera persona, el protagonista Lázaro relata al lector a través de una larga carta todos los acontecimientos con mayor relevancia de su vida, empezando por su nacimiento y pobre infancia y desembocando en su frustrado matrimonio, ya en la adultez.

Debido a la dura crítica que realiza sobre los miembros de la Iglesia y el humor tan sardónico y característico que posee, la novela fue censurada por la Inquisición durante la Edad Moderna; no se volvió a publicar por completo hasta el siglo XIX.

Con sus siete tratados, se ha convertido en una de las obras literarias más tradicionales de nuestro país; asimismo, aún posee una gran relevancia en nuestros tiempos gracias a su prosa amena y mordaz y a los temas tan subversivos que desarrolla, tales como la elección de un pícaro como ideal de héroe, la avaricia del clero, la vanidad que nos obliga a salvaguardar nuestra honra e imagen pública antes que a cubrir nuestras necesidades más primordiales, etc.

El pan bimbo de la semana

Martes, 16 de enero. Todos los estudiantes de Bachillerato quedamos en la Estación de Alsacia para disfrutar de una adaptación teatral del “Lazarillo de Tormes” en el Centro Cultural Antonio Machado. Una vez entramos en la sala y acomodamos nuestros pies como buenamente podemos en el diminuto hueco restante entre las filas de asientos, empieza la acción. Cuando finaliza la obra y todos los allí presentes procedemos a aplaudir, surge en mi mente una pregunta muy simple: ¿cómo definiría el espectáculo que acabo de presenciar? Y pocos momentos después, obtengo la respuesta en forma de retahíla de comparaciones: es como el ‘chirimiri’ en el norte de la península, que no termina de ser lluvia, mas no permite al día estar completamente soleado; o como un miércoles, que no es fin de semana, pero tampoco es lunes. O el ejemplo más apropiado para el caso: es una rebanada de pan bimbo puesta al lado de los grandes y suculentos pedazos de pan que hurtaba el lazarillo del cofre del capellán.

La obra es merecedora de la nota que tanto ansía conseguir un estudiante universitario durante los exámenes de enero: un cinco ‘raspado’.

La escenografía es simple, pero cumple con su humilde propósito: el vestuario, a pesar de no ser en absoluto fastuoso o siquiera notorio, nos permite situarnos en la España del siglo XVI sin ningún tipo de problema, sirviendo de complemento a la función de los distintos elementos de atrezo; la iluminación y efectos de sonido son utilizados adecuadamente e inclusive, en ciertos momentos, sirven de apoyo cómico a la trama.

Todos estos ingredientes son cocinados por el chef, es decir, el director de la obra, para dar lugar a un plato bastante decente: no son ningún despliegue de originalidad ni una muestra del talento del responsable de dirección, pero tampoco suponen ningún problema al espectador.

El elenco se encuentra bastante limitado, por lo que todos los actores (a excepción del principal) se ven en la obligación de interpretar a varios personajes durante la representación. Se podría pensar que este hecho no haría más que resaltar la falta de presupuesto disponible; sin embargo, esta desventaja es soslayada parcialmente gracias al considerable lapso entre un tratado y otro, además de la intercalación de los intérpretes, siendo notoria solamente para aquellos conocedores de la obra original que perciban la eliminación de los tratados cuarto, quinto y sexto por falta de actores y de tiempo.

Ahondando en la caracterización realizada por los distintos artistas no encontraremos ningún punto positivo a destacar, pero tampoco una flagrante ofensa contra el retrato que la novela nos ofrece sobre sus personajes. La actuación del encargado de ponerse en la piel de Lázaro, nuestro protagonista, es correcta, al igual que el que da vida al clérigo y al Arcipreste de San Salvador. Más cuestionable resulta el papel del intérprete del ciego y el escudero, y de la actriz que sirve de narradora y de mujer de Lázaro poco podemos decir debido a su escaso tiempo para lucirse.

Quizás el más grande inconveniente para la mayoría de espectadores resulte ser los momentos de sobreactuación que tienen algunos figurantes, lo que puede hacer que sean tachados de histriónicos, o que la obra se torne ridícula e infantil. No obstante, servidora va a romper una lanza a favor del director: esta elección es bastante acertada, pues su objetivo es enfatizar ciertas acciones de los personajes para sacarle alguna que otra carcajada al público y compensar así el dinamismo que confieren los cambios de plano en el cine y que el teatro, obviamente, no posee. Resulta ser un astuto truco para desviar la atención del espectador hacia el objeto o sujeto deseado y que obvie el hecho de que no se halla viendo una producción de Hollywood.

En conclusión, la adaptación del Lazarillo de Tormes llevada a cabo por la compañía Mangurrinos es, sin duda, aceptable: no es soporífera y mantiene a la audiencia entretenida durante la mayor parte del transcurso de la representación, pero dudo mucho que alguna persona la recomiende insistentemente a sus conocidos después de verla, más todavía que sea considerada una revelación artística para alguien.

Belén Penín, 1ºE

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