Buscando a Newton en el Louvre

¿Qué pensarías si os dijera que existe un mundo en el que no todos los dinosaurios se extinguieron, sino que algunos evolucionaron hasta convertirse en las gallinas y avestruces que vemos en las granjas y los zoos?

¿Y si os contara que, en ese mismo mundo, las ondas de radio que las personas utilizan para comunicarse entre sí forman parte de la misma luz procedente del Sol? ¿O que un electrón se puede comportar de distinta forma según lo observemos o no?

¿O que el ser vivo existente más fuerte no es un elefante o una ballena sino una bacteria? Quizás creáis que os estoy resumiendo la trama de una novela de Asimov y, sin embargo, solo estoy definiendo la realidad en la que vivimos.

Puede que esta forma de concebir la vida nos sorprenda al estar acostumbrados a considerar la ciencia como un mero análisis frío y racional de la naturaleza, y no como un método cuyo objetivo es satisfacer la curiosidad innata del ser humano y cambiar drásticamente la forma en que percibimos nuestro entorno. Esta mentalidad no es característica solo de nuestros tiempos, sino que ya nuestros antepasados la poseían.

En el siglo XVIII, utilizando tan solo un prisma, Newton descompuso la luz blanca en el espectro de colores que se ocultaba tras ella. Poco después, el poeta romántico John Keats le recriminó haber despojado al arcoíris de toda su belleza lírica.  El escritor argumentaba que los científicos desmontaban la realidad y, por ende, quitaban el misticismo que ésta guardaba y que tanto inspiraba a los artistas; provocaban que las personas dejaran de asombrarse por la indomabilidad del cosmos. En palabras de Lorca: “Solo el misterio nos hace vivir, solo el misterio”.

¿Pero acaso es cierto que la ciencia “quita” valor a los fenómenos naturales al darles una explicación? Richard Feynman, un físico del siglo XX galardonado con el premio Nobel, mantuvo una discusión similar con un amigo pintor, el cual afirmaba que los científicos separan cada una de las partes de una flor y son incapaces de ver su belleza real fuera de los números y las fórmulas”. Feynman argumentó que él era capaz de apreciar la hermosura de la flor como todas las demás personas, pero que además podía valorar una belleza más oculta que solo la ciencia podía desvelar: la complejidad de los procesos metabólicos que tienen lugar en la planta, el proceso por el cual la flor evolucionó cambiando sus colores para atraer insectos que la polinicen, cómo las hojas se distribuyen en el tallo siguiendo la sucesión de Fibonacci… La ciencia solo suma información a lo que ya conocíamos, nunca resta.

En conclusión, no deberíamos ver la ciencia como un enemigo, como un concepto distante a nuestra vida cotidiana que se dedica a destrozar los grandes enigmas de nuestro mundo, sino como unas lentes que nos permiten ver una nueva capa de la realidad con su propia belleza poética. La próxima vez que os encontréis con un chico o chica de ojos azules que os llame la atención, en vez de decir “Tienes unos ojos muy bonitos”, probad mejor: “La luz se dispersa del mismo modo en el cielo que en tus iris”. Sin duda es más original que citar a Bécquer. Y, quién sabe, al igual que nosotros tenemos mucho que aprender de la ciencia, quizás ésta también necesite inspirarse en otras áreas del saber, como la filosofía o poesía, y Keats aún tuviera un par de cosillas que enseñarle a Newton.

Belén Penín. 1ºE

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2 Comments

  1. Me ha encantado esta entrada, Belén. Has expresado muy bien la belleza de la ciencia, que se ha creado siempre para sumar en el conocimiento del mundo. De la perfección del saber brotan de forma natural la armonía y la hermosura.
    Muchas gracias

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